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Algunas meditaciones sobre Stephen King y los textos mercaliterarios | Reflexión

Recientemente he leído La niebla (1980) de Stephen King. No profundizaré en ningún detalle sobre el texto, ya que considero no existe nada destacable en él: inconsistencia en el ritmo narrativo, construcción mediocre del personaje infantil, incomprensión sobre el género literario del cuento y carencia de alguna propuesta literaria. Sin embargo, considero pertinente detenerme e iniciar este cuarto ciclo de lecturas vacacionales meditando sobre las producciones textuales que intentan llamarse literarias.


Antes de iniciar un desarrollo total de mis pensamientos considero fundamental meditar alrededor de una pregunta: si un texto es creado conscientemente para funcionar como una mercancía rentable, ¿Puede ser considerado como un texto literario?

Soy consciente de que existe una relación profunda entre la edición y producción de textos literarios. Toda editorial busco desde los inicios de la imprenta de usos móviles la producción rentable y remunerable de los textos producidos; sin embargo, es ineludible que en el capitalismo existió una metamorfosis radical que obligó a los textos a resignificarse como mercancías con valor de cambio. Todo lo producido por la imprenta se desproveyó de cualquier aló místico o mitológico para sustentarse únicamente como otra mercancía en venta y, por lo tanto, de producción masiva. Lo anterior estuvo acompañado indudablemente por una campaña y construcción de narrativas que permita a las editoriales posicionarse como única fuente de producción textual[1] y, por lo tanto, como asignadores de las categorías en las que se enmarca cada tipo de texto. Progresivamente la categoría "literatura" se vio obligada a ser domesticada por la voluntad del capital, reducida al cálculo de la ganancia y el trono con forma de escaparate.

No es relevante averiguar si los sujetos productores de textos escribían con la intención de producir o crear (quiero que se capte el matiz entre estos dos verbos) "literatura", lo verdaderamente importante radica en lo que los sujetos entienden en la actualidad por el objeto literario y como esto tiene una raíz material. La literatura, hasta en el momento en el que estoy escribiendo esto, es entendida a partir de categorías de mercado. Los lectores han sido adiestrados a consumir textos que se vanaglorian de su categoría sin entender realmente su propia figura.

Ante la imposición de una cultura del consumo de contenido que prácticamente está moldeada a los requisitos de la mercancía, resulta comprensible la existencia de discursos alternos que buscan posicionarse como dueños del monopolio editorial: el Canon literario se presenta como como competidor en el control de las mercancías.  Ante esto resulta en una trampa discursiva apelar a las construcciones ideológicas para definir lo literario, ya que siempre estarán en control de los intereses del capital.

Stephen King resulta aquí en el sujeto ideal para analizar este fenómeno a partir de manifestaciones materiales concretas. Es reconocido la popularidad de este autor en los círculos de la producción en masa de textos mercaliterarios[2] que sostienen la extracción de plusvalor de los sujetos. Encontramos dentro de su producción literaria un enorme y grotesco repertorio que indica la escritura de textos en un corto espacio de tiempo. La existencia de esa cantidad incita a establecer dos presupuestos: es el escritor más prolífico de la historia o un obrero ideal para la industria editorial. No es extraño encontrar a autores con un extenso catálogo fuera del modo capitalista de producción,[3] ya que los escritores siempre se han visto orillados a utilizar sus productos artísticos como modo de sustento y, por lo tanto, obligados a escribir en proporción al ritmo de vida que intentan mantener. Lo anterior nos permite entender que King únicamente es la manifestación más evidente de la producción textual en el apogeo del capitalismo en la industria estadounidense. Exigiendo a los productores textuales un aumento en la fabricación para así sustentar el flujo de mercancías. Los deslices presentes dentro del texto que hoy motivo estas palabras únicamente son manifestación de un autor que intenta complacer al mercado y volverse rentable.[4]

A partir de todo lo expuesto, se nos presenta a los estudiosos y productores de la literatura un reto apabullante: encontrar la manera de sustentar los textos con el objetivo de superar la simple mercancía. No pecare de idealista creyendo que de esta manera exista alguna forma de enfrentarse a los mecanismos de la superestructura ideológica, mas es importante concebir una conciencia de las estructuras que condicionan la producción de los textos para iniciar una nueva etapa en la producción literaria. Seremos irresistibles para la manufactura e irremediablemente industrializados; sin embargo, los textos literarios que permitan sustentar una nueva conciencia serán otro paso más para la construcción de una sociedad que exija las condiciones materiales para que su arte corresponda a sus vidas.  Debemos averiguar y responder las contradicciones de nuestro tiempo para iniciar una literatura que sea propia. Ignorar la periferia de la producción literaria consistiría en replicar el mecanismo actual de la reproducción de la mercaliteratura; es urgente poner el foco en las manifestaciones que se escapan del ojo lucrativo del editor. Elevar, como último paso, todas estas manifestaciones literarias a la gloria de su correspondencia con su tiempo.

Cierro esta clase de reflexión alegrándome por una nueva posición sobre lo que busco y buscaré de mi arte. Me siento complacido de iniciar un nuevo ciclo de lecturas y reseñas en este blog escueto de lectores. Puedo decir que me siento nuevamente revitalizado para seguir escribiendo. Vamos a ver lo que resulta en esta ocasión.

 

Enrique Vega, 02 de junio de 2026

Ciudad de México



[1] Esto se evidencia con el fenómeno de producciones independientes que suelen ser arrinconadas a la marginalidad por ser consideradas de "segunda categoría".

[2] Usaré este neologismo para definir los textos que se enmarcan como mercancías.

[3] No debe olvidarse a Lope de Vega con sus 333 comedias.

[4] Si quedaba duda, esta su introducción cuyo eje principal es la meditación sobre ganar dinero con la escritura.

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