Antes de iniciar un desarrollo
total de mis pensamientos considero fundamental meditar alrededor de una
pregunta: si un texto es creado conscientemente para funcionar como una
mercancía rentable, ¿Puede ser considerado como un texto literario?
Soy consciente de que existe una
relación profunda entre la edición y producción de textos literarios. Toda
editorial busco desde los inicios de la imprenta de usos móviles la producción
rentable y remunerable de los textos producidos; sin embargo, es ineludible que
en el capitalismo existió una metamorfosis radical que obligó a los textos a
resignificarse como mercancías con valor de cambio. Todo lo producido por la
imprenta se desproveyó de cualquier aló místico o mitológico para sustentarse
únicamente como otra mercancía en venta y, por lo tanto, de producción masiva. Lo
anterior estuvo acompañado indudablemente por una campaña y construcción de
narrativas que permita a las editoriales posicionarse como única fuente de
producción textual[1] y,
por lo tanto, como asignadores de las categorías en las que se enmarca cada
tipo de texto. Progresivamente la categoría "literatura" se vio
obligada a ser domesticada por la voluntad del capital, reducida al cálculo de
la ganancia y el trono con forma de escaparate.
No es relevante averiguar si los
sujetos productores de textos escribían con la intención de producir o crear
(quiero que se capte el matiz entre estos dos verbos) "literatura",
lo verdaderamente importante radica en lo que los sujetos entienden en la
actualidad por el objeto literario y como esto tiene una raíz material. La
literatura, hasta en el momento en el que estoy escribiendo esto, es entendida
a partir de categorías de mercado. Los lectores han sido adiestrados a consumir
textos que se vanaglorian de su categoría sin entender realmente su propia
figura.
Ante la imposición de una cultura
del consumo de contenido que prácticamente está moldeada a los requisitos de la
mercancía, resulta comprensible la existencia de discursos alternos que buscan
posicionarse como dueños del monopolio editorial: el Canon literario se
presenta como como competidor en el control de las mercancías. Ante esto
resulta en una trampa discursiva apelar a las construcciones ideológicas para
definir lo literario, ya que siempre estarán en control de los intereses del
capital.
Stephen King resulta aquí en el
sujeto ideal para analizar este fenómeno a partir de manifestaciones materiales
concretas. Es reconocido la popularidad de este autor en los círculos de la
producción en masa de textos mercaliterarios[2]
que sostienen la extracción de plusvalor de los sujetos. Encontramos dentro de
su producción literaria un enorme y grotesco repertorio que indica la escritura
de textos en un corto espacio de tiempo. La existencia de esa cantidad incita a
establecer dos presupuestos: es el escritor más prolífico de la historia o un
obrero ideal para la industria editorial. No es extraño encontrar a autores con
un extenso catálogo fuera del modo capitalista de producción,[3]
ya que los escritores siempre se han visto orillados a utilizar sus productos
artísticos como modo de sustento y, por lo tanto, obligados a escribir en
proporción al ritmo de vida que intentan mantener. Lo anterior nos permite
entender que King únicamente es la manifestación más evidente de la producción
textual en el apogeo del capitalismo en la industria estadounidense. Exigiendo
a los productores textuales un aumento en la fabricación para así sustentar el flujo
de mercancías. Los deslices presentes dentro del texto que hoy motivo estas palabras
únicamente son manifestación de un autor que intenta complacer al mercado y
volverse rentable.[4]
A partir de todo lo expuesto, se
nos presenta a los estudiosos y productores de la literatura un reto apabullante:
encontrar la manera de sustentar los textos con el objetivo de superar la
simple mercancía. No pecare de idealista creyendo que de esta manera exista
alguna forma de enfrentarse a los mecanismos de la superestructura ideológica,
mas es importante concebir una conciencia de las estructuras que condicionan la
producción de los textos para iniciar una nueva etapa en la producción
literaria. Seremos irresistibles para la manufactura e irremediablemente industrializados;
sin embargo, los textos literarios que permitan sustentar una nueva conciencia
serán otro paso más para la construcción de una sociedad que exija las
condiciones materiales para que su arte corresponda a sus vidas. Debemos averiguar y responder las
contradicciones de nuestro tiempo para iniciar una literatura que sea propia. Ignorar
la periferia de la producción literaria consistiría en replicar el mecanismo
actual de la reproducción de la mercaliteratura; es urgente poner el
foco en las manifestaciones que se escapan del ojo lucrativo del editor.
Elevar, como último paso, todas estas manifestaciones literarias a la gloria de
su correspondencia con su tiempo.
Cierro esta clase de reflexión alegrándome
por una nueva posición sobre lo que busco y buscaré de mi arte. Me siento
complacido de iniciar un nuevo ciclo de lecturas y reseñas en este blog escueto
de lectores. Puedo decir que me siento nuevamente revitalizado para seguir
escribiendo. Vamos a ver lo que resulta en esta ocasión.
Enrique Vega, 02 de
junio de 2026
Ciudad de México
[1] Esto
se evidencia con el fenómeno de producciones independientes que suelen ser
arrinconadas a la marginalidad por ser consideradas de "segunda
categoría".
[2] Usaré
este neologismo para definir los textos que se enmarcan como mercancías.
[3] No
debe olvidarse a Lope de Vega con sus 333 comedias.
[4] Si
quedaba duda, esta su introducción cuyo eje principal es la meditación sobre
ganar dinero con la escritura.
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