Sobre la construcción de lo monstruoso | Un poco de divagación
Grotesco. Palabra con capacidad de enunciar a la perfección mi experiencia estética. Las palabras se dificultad en su salida por mis dedos y se manifiestan como peñas aisladas. Evoco el momento de enunciación como un bote salvavidas para esta reflexión. Me encuentro enfrente de mi ordenador con un tema claro: lo monstruoso. Este tema nace debido a mi última lectura hecha: El monstruo pentápodo (2016) de Liliana Blum. Una pregunta nace a partir de esto: ¿Cómo son realmente los monstruos?Disculpe querido lector si mis
palabras resultan algo confusas de leer. El texto que me lleva a escribir
resulta sumamente problemático no por la técnica literaria[1],
sino por su contenido en la diégesis. La narración se centra en Raymundo, un
pedocriminal sádico que logra secuestrar a una niña para violarla. Los detalles
y la crueldad son descritos de tal manera que llega inclusive a incomodar por
el trabajo minucioso en la construcción de un psicópata. Sin embargo, esto no
es lo único que destaca dentro de la obra, ya que poseemos los testimonios de
todos los involucrados dentro de este acontecimiento tan siniestro. En este
texto me centraré en dos puntos focales: Aimeé y Raymundo. Ambos representan
dos caras del acto atroz perpetuado que incrustan en el lector preguntas
cruciales: ¿Podemos catalogar a ambos como monstruos? ¿Qué significa eso?
¿Cuáles son las consecuencias de introducirlos en la misma categoría?
Todas estas preguntas germinan a
partir de la construcción discursiva del monstruo dentro de las producciones
culturales. Como un pequeño ejercicio de repaso, recordemos que desde el
Romanticismo se implantó dentro del aparato ideológico literario una concepción
del monstruo que rompe el binarismo moral que los encasillaba como entes
contenedores de maldad. Quasimodo y la criatura de Víctor Frankensteín destacan
por ser “monstruos” que dentro de ellos existen virtudes que los elevan por
encima de sujetos que son normativamente catalogados como “humanos”. A partir
de esto se cuestiona los límites de lo que usualmente se considera lo
monstruoso y deja al descubierto la raíz estructural por la cual creamos estos
seres: para representar los defectos humanos que nos aterran. El Romanticismo
permitió romper parcialmente[2]
el rechazo a lo abyecto para introducir personajes que muestran humanidad por
encima de toda apariencia y defecto.
A partir de esto, retomemos el
análisis de la novela que hoy nos compete. El lector atento se percatará que El
monstruo pentápodo (2016) construye dos personajes que se acoplan
respectivamente al modelo Romántico y estereotípico de monstruo: por un lado,
está Raymundo, encarnación del monstruo sádico y siniestro que está oculto por
detrás de las apariencias; por el otro está Aimeé, personaje socialmente
rechazado por una condición física que implanta en el lector un debate sobre cómo
debemos juzgarla. Si somos atentos podemos observar que ambos personajes giran
en torno a la construcción social de las apariencias[3]
y cómo lo siniestro se oculta a partir de un velo de la normalidad: la novela
busca realizar una crítica sobre cómo los sujetos limitan su juicio a partir
únicamente de lo que es considerado como aceptable o inaceptable moralmente.
Aimeé no es un personaje con sentimientos elevados que se ven reprimidos por
una sociedad que la rechaza;[4]
la protagonista es un personaje que destaca por su idealismo absurdo y su
incapacidad de soltar una fuente de “estabilidad” emocional. Sin embargo,
compararla con un protagonista tan perverso como Raymundo permite entender que,
dentro de una escala de lo abyecto, ella no representa realmente una figura
monstruosa,[5]
sino un ser humano complejo que se debate sobre lo que es correcto y su pertenencia
en el mundo. A partir de esto se despliega una pregunta crucial, ¿Qué es
realmente un monstruo para esta novela? Depósito en este análisis mi hipótesis:
En El monstruo pentápodo (2016) de Liliana Blum encontramos la
construcción de lo monstruoso a partir del posicionamiento de la crueldad como
eje fundamental. Es crucial puntualizar que la obra no busca una categoría que catalogue
a los sujetos, sino desmontar la idea de que estos elementos que consideramos
abyectos responden a fuerzas por fuera de lo humano. Raymundo surge como un
personaje que existe y existirá siempre en la cotidianidad[6]
junto con su perversidad; Aimeé resulta en una protagonista que su acto vil está
motivado por un defecto emocional que no representa realmente su valor como
persona. Ante estas dos afirmaciones surge un eje fundamental y es su relación
sobre la crueldad: mientras Raymundo disfruta sin ningún reparo de ella; Aimeé
se pregunta sobre el por qué debe ejercerla. El lector con ínfulas de
dictaminador preguntará: ¿De qué manera la crueldad se relaciona con lo monstruoso?
Esto se puede responder evocando los pasajes de la obra donde la protagonista
se cuestiona su actuar ante el secuestro de la niña: se observa como un monstruo
por priorizar su idealismo y sabe que a partir de esa crueldad ella puede ser “feliz”.
Sin embargo, la crueldad presentada por este personaje no es comparable con la
de su acompañante que la utiliza para obtener placer sin ninguna clase de
reflexión. A partir de esto, si Aimeé es una monstruo por querer ser feliz intentando
forjarse una fantasía absurda, Raymundo es la peor abominación que ha existido.
Mi intención no es realizar un análisis
a profundidad de lo anterior; sin embargo, considero que expuse de forma clara
las principales premisas en la que consistiría un futuro análisis crítico de
esta obra. Por lo demás, puedo afirmar que este texto me ha desagrado y felicito
a la autora porque es evidente que esa era la intención. Sin embargo, considero importante señalar que existe un aspecto monológico que causa una contradicción en su aparente pretensión de posicionarse como obra que dialoga a partir de múltiples perspectivas (el discurso indirecto libre es su principal herramienta); estoy hablando de la constante caracterización de todos los personajes masculinos como seres carentes de empatía (el esposo de Sandra, el comentador de televisor o el ginecólogo de Aimeé). Lo mencionado revela únicamente una posición ideológica que no entorpece aspectos cruciales dentro de la novela, mas considero pertinente mencionarlo como un elemento que es importante tomar en cuenta al momento de su análisis.
[1]
Dicho sea de paso, destaca por utilizar de forma reiterada el discurso
indirecto libre de forma excelente.
[2]
Es inevitable que remarque este adverbio, ya que lamentablemente esta ruptura
hacia lo abyecto se realizó solamente desde un plano estético. Nuestras
sociedades se siguen rigiendo por este juego de apariencias y binarismos. No está
de más recordarte, querido lector o lectora, que las producciones estéticas son
producto de las condiciones materiales de los sujetos que la producen.
[3]
No es gratuito que la novela presente esta clase de construcción paralela donde
los personajes principales se caracterizan por no corresponder sus apariencias
con sus etopeyas.
[4] Modelo
común del Romanticismo.
[5] No
es gratuito que en la novela todo el tiempo Aimeé se pregunte sobre si es un monstruo.
[6] A
esto evoco los constantes epígrafes donde se expone como existen hombres que todavía
no se atreven hacer lo que hizo Raymundo.
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