Quiero iniciar este escrito disculpándome con el improbable lector. A lo largo de estas páginas reconocerá en mi prosa un discurso que roza en lo íntimo, casi en lo cursi o patético. Sin embargo, considero que Platero y yo (1917) amerita el trato de una de esas conversaciones que se dan en la oscuridad, mientras las bocas susurran secretos que se desvanecen en el silencio de la noche. ¿Estoy siendo claro? Supongo que no. Quiero decir que este texto está inundando de texturas que evocan el recuerdo y la melancolía, por lo tanto, escribir una reflexión con el monótono discurso académico sería una pedantería digna de cualquier ávido por reconocimiento de la vetusta institución. Por este motivo, me tomo la licencia de proseguir de esta manera. Quienes buscaban algo diferente, perdón la psicosis, pueden abandonar el texto. Retomó el hilo. Anteriormente me queje disimuladamente de la academia y no es por lo menos. Mis palabras estarán plagadas de amargas reflexiones sobre mi capacid...
Sobre la construcción de lo monstruoso | Un poco de divagación Grotesco. Palabra con capacidad de enunciar a la perfección mi experiencia estética. Las palabras se dificultad en su salida por mis dedos y se manifiestan como peñas aisladas. Evoco el momento de enunciación como un bote salvavidas para esta reflexión. Me encuentro enfrente de mi ordenador con un tema claro: lo monstruoso. Este tema nace debido a mi última lectura hecha: El monstruo pentápodo (2016) de Liliana Blum. Una pregunta nace a partir de esto: ¿Cómo son realmente los monstruos? Disculpe querido lector si mis palabras resultan algo confusas de leer. El texto que me lleva a escribir resulta sumamente problemático no por la técnica literaria [1] , sino por su contenido en la diégesis. La narración se centra en Raymundo, un pedocriminal sádico que logra secuestrar a una niña para violarla. Los detalles y la crueldad son descritos de tal manera que llega inclusive a incomodar por el trabajo minucioso en la con...