Nuevamente me encuentro aprisionado por senderos que se bifurcan y alteran la ruta de mis oraciones. En esta ocasión tropecé ante una obra que excede mi capacidad de encontrar un paraje en el que aferrarme y así poder escribir algo que posea un valor crítico. Ante mí desfilan un tropel de elementos constitutivos de la novela: el juego de espejos que deforman a los personajes y los referentes históricos; la construcción discursiva de la figura del tirano como punto de encuentro entre intereses antitéticos; la manifestación del “mitote” como elemento fundamental dentro del ideario Latino-americano; la yuxtaposición de elementos lingüísticos correspondientes a España y Latinoamérica; o, también, el guiñol dramático como herramienta para representar la cotidianidad en la tiranía. Todos estos elementos se presentan a mí como espacios fértiles para desarrollar una clase de aportación en el análisis crítico de esta obra. Sin embargo, me veo en la necesidad de huir del tiempo que se me...
Tengo que confesar algo. Mi experiencia estética con la obra hoy analizada fue sumamente imprecisa. Existía una búsqueda incesante por el giro maestro, por la impresión gloriosa, por el recurso inédito, por la sorpresa enajenante, por el orgasmo estético, por la maravilla encontrada. Todo eso esperaba, mas he terminado la obra trágica y sigo con la impresión de que no era para tanto. Reconozco que exaltará gravemente mi anterior afirmación a los pechos sedientos de confirmación. No puedo fingir la desilusión de no corresponder a las voces que surcan la hegemonía literaria. Sin embargo, me mantengo firme: no fue para tanto. No recurriré a la pedantería hispánica (tan utilizada por serviles críticos vetustos que destacan más por sus afirmaciones que por sus argumentos) que recurre a la invocación de la obra magna para realizar un juicio de valor, mas considero pertinente afirmar que dentro del cúmulo reducido de las obras que he leído existen textos que destacan por ser más transg...