Quiero iniciar
este escrito disculpándome con el improbable lector. A lo largo de estas
páginas reconocerá en mi prosa un discurso que roza en lo íntimo, casi en lo
cursi o patético. Sin embargo, considero que Platero y yo (1917) amerita el
trato de una de esas conversaciones que se dan en la oscuridad, mientras las
bocas susurran secretos que se desvanecen en el silencio de la noche. ¿Estoy
siendo claro? Supongo que no. Quiero decir que este texto está inundando de
texturas que evocan el recuerdo y la melancolía, por lo tanto, escribir una
reflexión con el monótono discurso académico sería una pedantería digna de
cualquier ávido por reconocimiento de la vetusta institución. Por este motivo,
me tomo la licencia de proseguir de esta manera. Quienes buscaban algo
diferente, perdón la psicosis, pueden abandonar el texto.
Retomó el hilo.
Anteriormente me queje disimuladamente de la academia y no es por lo menos. Mis
palabras estarán plagadas de amargas reflexiones sobre mi capacidad paupérrima
de lectura, ya que en esta ocasión me adscribiré a la vulgar perspectiva del
lector casual para afirmar algo impropio para el egresado de letras hispánicas:
me incliné completamente por el aspecto emotivo de la obra. Advierto la
inexistencia de segundas lecturas o una propuesta innovadora, lo que habrá a
continuación será únicamente la reflexión de una experiencia compartida por la
mayoría. Me interesa analizar qué dice sobre nosotros (los lectores vulgares)
la predilección emotiva.
Pueden brotar de
los manantiales del discurso respuestas provenientes de lenguas ávidas de
instante: "Claramente se debe a una degradación moral del sujeto causado a
nociones idealistas"; "Las generaciones actuales han sacrificado el
pensar por el sentir, la prueba está en el consumo actual de mercaliterarura";
"La búsqueda del consumo instantáneo ha provocado en los lectores una
tendencia por rescatar sentidos superficiales"; "Los sujetos han perdido la capacidad de análisis debido a
una pérdida de la disciplina"; "La educación ya no es lo de
antes"; y un innumerable etcétera.
En todas estas
afirmaciones se posiciona al sujeto como una entidad desprovista de capacidad
crítica o estética que está a merced de algo. No seré el audaz que afirme estúpidamente
una clase de autodeterminación en los sujetos. Estoy consciente que las condiciones
materiales son lo que determina todas las concepciones ideológicas e inclusive
interpretativas de los individuos. Sin embargo, existe una constante dentro de
la producción y recepción literaria: a partir del nacimiento de la lírica, los
lectores y escritores no han dejado de producir textos que apelen a los afectos.[1]
Esto nos indica que la tendencia por la lectura y escritura emotiva no está
fundamentada únicamente en la etapa histórica, sino es parte de la necesidad
comunicativa humana. Por lo tanto, no hay alguna prueba evidente que posicione las
producciones artísticas emotivas por debajo de las intelectuales. Las primeras
son parte constitutiva de nuestra producción literaria y su primacía por encima
de otras manifestaciones tiene que ver directamente en su capacidad por representar
conceptos imposibles en otros registros. No es de extrañar que el discurso
poético tienda a utilizar lo emotivo como pauta de producción metafórica para generar
significados más profundos.
Desarticulado ya
esta clase de tendencia analítica por encasillar los afectos como una característica
secundaria y menor a la inteligencia, proseguiré desarrollando la exposición de
mi experiencia estética con la obra. Para esto, considero crucial señalar un
elemento fundamental dentro del texto: claramente la obra apela a la
experiencia vital del autor y su representación metafórica a partir de un
discurso poético. Esto proporciona una clase de construcción íntima. Ante esto
surge un cuestionamiento: si la obra proporciona todas estas herramientas, ¿por
qué existe una tendencia de la crítica por buscar una clase de significado pedagógico
idealista? Estoy consciente de que Juan Ramón estuvo íntimamente relacionado con
la filosofía krausista, mas en el texto que hoy nos compete no existe presencia
alguna de esta. Prácticamente es la experiencia vital hecha metáfora a partir
de hechos aislados. Por lo tanto, considero esencial aseverar que la experiencia
emotiva compartida hegemónicamente no esta desarticulada de la obra, sino es una
respuesta coherente a la obra. Puedo afirmar que dentro de esta tendencia puede
llegar a reducirse la obra a una simple experiencia emotiva, mas es absurdo
creer que los análisis críticos pueden prescindir del elemento emotivo.
A partir de
esto, surge la necesidad de cuestionarse: ¿entonces el análisis se limita
solamente a eso? En absoluto, afirmar lo anterior sería ignorar elementos que
resultan importantes dentro de la construcción. ¿Acaso las referencias
regionales andaluzas o la utilización del discurso poético son prescindibles? ¿Qué
hay de la postura sobre concebir la realidad como un juego de niños sin
idealizarlo? ¿Acaso olvidamos la construcción simbólica de Platero como
simbolismo de libertad en el mundo? Elementos que objetivamente proporcionan al
texto una exploración de lo sensible y el recuerdo.
Sin más que
agregar, ya que esto no es un texto académico. Reafirmo mi posición sobre el
texto y afirmo: la principal virtud de la obra que hoy analizo es su capacidad
de explorar la sensibilidad del lector por encima de la comprensión lógica. Esta sensibilidad está relacionada con la
realidad para que así tenga un efecto más valioso para el lector.
[1]
Claramente estoy realizando una reducción eurocentrista; sin embargo, existe la
presencia de producción literaria nahuas con contenido exclusivamente emotivo. Esto
refuerza que estos tipos de producciones no están adscritas a una determinada
etapa histórica.
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