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Tirano Banderas (1926) de Ramón del Valle-Inclán | Reflexión: Una meditación sobre la tiranía en el siglo XXI

 

Nuevamente me encuentro aprisionado por senderos que se bifurcan y alteran la ruta de mis oraciones. En esta ocasión tropecé ante una obra que excede mi capacidad de encontrar un paraje en el que aferrarme y así poder escribir algo que posea un valor crítico. Ante mí desfilan un tropel de elementos constitutivos de la novela: el juego de espejos que deforman a los personajes y los referentes históricos; la construcción discursiva de la figura del tirano como punto de encuentro entre intereses antitéticos; la manifestación del “mitote” como elemento fundamental dentro del ideario Latino-americano; la yuxtaposición de elementos lingüísticos correspondientes a España y Latinoamérica; o, también, el guiñol dramático como herramienta para representar la cotidianidad en la tiranía.

Todos estos elementos se presentan a mí como espacios fértiles para desarrollar una clase de aportación en el análisis crítico de esta obra. Sin embargo, me veo en la necesidad de huir del tiempo que se me acaba para seguir con el ciclo de lecturas de este periodo vacacional. Puedo realizar la apuesta que cada elemento mencionado con anterioridad ya ha sido estudiado por los académicos, por lo tanto, considero más valioso iniciar una meditación a partir de las condiciones materiales actuales que me someten. Todo inicia con una interrogante incómoda: nosotros, siendo herederos de todos estos discursos y testigos de las consecuencias posteriores de las tiranías, ¿qué podemos rescatar de esta lectura siendo sujetos de un capitalismo decadente?

Valle-Inclán tenía en claro que el papel del indio dentro de los procesos revolucionarios era crucial para realizar un cambio sustancial en los mecanismos de poder que nos controlaba. No solo por su participación como carne de cañón para sustentar el proceso revolucionario, sino como un grupo de intereses antagónicos para quienes ostentan el poder. Esto en la actualidad sigue siendo vigente con matices, ya que a partir de los avances en la explotación de los sujetos por el capital se ha observado una tendencia a diluir estas categorías hasta abarcar a todos los sujetos pertenecientes a la clase proletaria. Prácticamente existe ya una clara distinción entre los intereses colectivos y de los grandes capitales extranjeros. Esto nos indica que existe visiblemente una brecha histórica que debemos tomar en cuenta al comparar nuestra realidad histórica con el referente ficcional que intenta evocar el texto dentro de sus líneas. Introducir con calzador una clase de análisis material entre dos periodos históricos provocará una clase de ficción poco valiosa para la reflexión de los procesos de cambio social dentro de nuestra modernidad. Seré tajante ante esto: dentro de nuestras condiciones materiales actuales es imposible un cambio revolucionario como el presentado en el siglo XX; sin embargo y para fortuna nuestra, los mecanismos de control del poder político son prácticamente los mismos. Los intereses que se defienden por parte de las grandes instituciones burguesas (estado y/o industria) se enmascaran a través de discursos[1] que apelan a la moralidad y ética cuando realmente solo son pantomimas. En este punto puedo evocar el libro tercero de la sexta parte donde se presenta un concilio entre los ministros de las naciones del mundo para discutir la situación de Santa Fe de Tierra Firme. El ministro británico sir Jonnes Scott se encuentra indignado por los atropellos a todos los estatutos de guerra en el proceso de sublevación revolucionaria. Se posiciona en un punto de superioridad y busca levantar una nota para que Santo Banderas ponga en orden todo este atropello a la humanidad. Noble gesto si no estuviera motivado por la defensa de provechos de una empresa inglesa en la región. Como acto meramente didáctico, rememoro en este texto las diversas ocasiones (por no decir incontables) en que Estados Unidos de América a intervenido en países extranjeros[2] con excusa de una clase de violación a normas morales superiores para, posteriormente, imponer intereses de empresas yanquis en la región. La novela hoy analizada nos presenta una perspectiva transgresora a la noción actual[3] de lo que concebimos como una sociedad sometida a la potestad de una tiranía: siempre estarán atravesadas las acciones políticas por los intereses extranjeros que van más allá de la propia figura del tirano. La lucha en una revolución se nos presenta no solamente como una rencilla entre dos fuerzas antagónicas donde uno oprime y el otro ejerce presión para liberarse, sino como la construcción material de múltiples intereses antagónicos. Desde mi perspectiva considero uno de los puntos más rescatables para nuestra generación, ya que es evidente que nuestros procesos sociales han cambiado radicalmente debido a herramientas cada vez más especializadas[4] por el poder para mantener a los sujetos oprimidos. La figura del tirano en el siglo XXI sirve como un juego de sombras que neutraliza la acción revolucionaria. Puedo afirmar que inclusive es la gran ficción de nuestros tiempos. Considero importante señalar que Vallen-Inclán no se limita exclusivamente a desarticular esta noción, sino a embarcarla en un contexto que solicita la reflexión del lector sobre los mecanismos sufridos dentro del proceso revolucionario.

A partir de esto, considero fundamental que esta crítica no solo aplica para las construcciones producidas por el poder, sino también por todas aquellas narrativas vetustas de los necesarios intentos de revolución en Hispanoamérica. Existe dentro de la concepción de muchos grupos de lucha social una clase de persistencia por retomar ceremonias que fueron efectivas en los procesos de lucha en el siglo XX. Puedo mencionar al Partido Comunista Mexicano[5] y al Partido Comunista Revolucionario[6] con su tendencia a la propaganda soviética; al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) con su persistente aislamiento consensuado con el gobierno mexicano; el Movimiento Okupa que persiste en una clase de espacios de autogestión que no poseen un impacto real en las condiciones materiales; o, por ejemplo, diversas organizaciones feministas que reducen su discurso a una clase de lucha contra un sistema ideológico. Todos estos movimientos políticos coinciden en centrar su crítica en una restringida lucha que ignora el ingente entramado del poder y estacan su discurso hasta tal punto que simplemente son tolerados. Debe existir un reconocimiento sobre el final de la cultura de la resistencia: si los enemigos de clase necesitaran eliminarnos, lo harían sin mayor problema. 

Soy consciente que ningún texto por sí mismo puede realizar un cambio duradero dentro de las condiciones materiales de los sujetos. Sin embargo, considero esta novela fundamental para todo aquel que busque la superación dialéctica de las condiciones actuales. Inclusive me permito aseverar que es un efectivo remedio para todas aquellas ficciones producidas en nuestros tiempos. Ante todo lo leído, el lector se ve obligado de forma irremediable a preguntarse sobre su presente y las construcciones discursivas que lo condicionan.



[1] En estos tiempos de naciones sustentables y comprometidas por el orden mundial.

[2] Vietnam, Corea, Afganistán, Irak, Cuba, Haití, Nicaragua, Panamá, Siria, Yemen, Somalia, Nigeria y Libia.

[3] Aquí evoco la figura de la distopía tan aclamada en la mercaliteratura manufacturada entre 2000 y 2015. Siendo una constante la concepción de una clase de tiranía infantilizada donde el tirano ejerce su potestad sin ninguna clase de restricción. El ejercicio de poder es solamente un capricho personal de un sujeto que somete a la pobre población. Esta noción desprovee de capacidad crítica del lector para analizar su entorno como un entramado complejo de fuerzas en pugnas.

[4] Redes sociales con algoritmos enajenantes, mecanismos de estímulo-recompensa, eventos de aglomeración y, recientemente, algoritmos que desincentivan funciones cognitivas.

[5] También se puede señalar su tendencia por una clase de actitud acrítica ante las condiciones actuales materiales. Esto explica porque la utilización de propaganda que no responde a los intereses de la clase trabajadora actual.

[6] Por otro lado, resulta insultante su postura de una “revolución constante” para después insertarse en movimientos que son convocados por grupos políticos antagónicos: la presencia de este partido en las manifestaciones No Kings (convocado por los demócratas) fue su último acto audaz de ejercicio revolucionario.

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