Segunda obra dramática que tengo
el placer de leer de Federico García Lorca. Perteneciente a la primera entrega
de su tríada “tragedias rurales”, Bodas de sangre (1931) nos presenta el
conflicto de una mujer que se ve contrariada por su inminente matrimonio. El
aprieto radica en un amor pasado que aún la acecha y estimula sus pasiones. A
partir de esto se nos presenta un doble eje: el orgullo y la pasión.
Contrapartes que colisionan para engendrar el conflicto y desenlace trágico.
Es evidente que no existe una
clase de intención de utilizar la tragedia clásica occidental como molde, sino
su revitalización a partir del sino que se manifiesta en lo cotidiano. Puedo
ejemplificar lo anterior con lo representado sobre la virginidad y su papel
determinante en el destino de las mujeres: La Novia, como una clase de recurso
de último momento, intenta defender lo poco que queda de su honra. A partir de
esto, la protagonista se encuentra sujeta irremediablemente en el cumplimiento
de estos requisitos para ser considerada digna. Esto contrasta directamente con
el personaje del Novio, quien posee un hado directamente relacionado a la
tradición clásica: una maldición heredada de generación en generación. Mientras
los hombres se someten a un destino funesto llevado por la ira, las mujeres están
destinadas a mantener la honra a partir de la obediencia.
Abandonado el discurso académico,
puedo afirmar que la obra resulta sumamente transgresora por atreverse a
señalar las diferencias entre un suceso trágico sustentado por el destino
manifiesto y el hado sistemático.
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