Parece inevitable comparar esta
obra con el resto de la triada trágica rural. Mientras Bodas de Sangre
(1931) nos presenta el deseo a partir de lo prohibido (el adulterio), Yerma (1934)
desarrolla este elemento a través de lo lícito (una esposa queriendo tener
un hijo). A partir de esto, me permito desplegar el primer punto de análisis:
Yerma como un personaje prototípico. ¿A qué me refiero con esto? La
protagonista de la obra trágica representa a partir de todas sus
características un modelo ideal para la sociedad española de mitades del siglo
XX: posee una necesidad impostergable por tener un hijo, existe una servidumbre
fiel hacia su marido, debe cumplir con las tareas domésticas y mantener la
lealtad hacia su “casta”. Todos estos elementos configuran a un personaje idealizado,
cuyo mayor objetivo es cumplir con ese ideal. Siendo el culmen de esto la
obtención de la credencial de “madre”.
De forma resumida la obra
dramática se puede encapsular en una pregunta: ¿y si esta vez aquel que exige no
lo permite?
Regresemos a la construcción
trágica a partir de lo cotidiano, ya que ahora el hado caprichoso se manifiesta
como la voluntad del marido. Yerma se ve imposibilitada de cumplir su deber
como esposa, pero tiene que ser fiel a Juan. El desenlace de esto es la fatal
eliminación de aquel que le impide cumplir su anhelo: la protagonista decide
por primera vez tomar su destino por cuenta propia, sin importar renunciar a su
objetivo inicial. Destruyó a aquel que le impide su deseo y el único (desde la
perspectiva prototípica) quien puede cumplirlo. “[…] ¡yo misma he matado a mi
hijo!”, es el último diálogo antes de cerrarse el telón.
Todo esto presentado se
resignifica en cuanto el lector recuerda que Yerma fue aconsejada múltiples veces
por mujeres que representan otros modelos femeninos: los ejemplo más claros y
extremos son el de la muchacha que reniega de su maternidad y la vieja que le
ofrece a su hijo para que se reproduzca. Ambas son rechazadas por la
protagonista, ya que no sugieren nada que sea sistemáticamente correcto. Por un
lado, si se resigna a no tener hijos no cumpliría con el requisito sistemático
de toda esposa; por el otro, si engaña a su marido se volvería una adúltera. A
partir de esto, podemos aseverar que su deseo no es tener realmente un hijo,
sino complacer un requisito por el cual puede completarse como modelo prototípico.
Esto se evidencia señalando como Yerma se siente inútil en cuanto se compara
con otras mujeres:
“YERMA.- ¡Cómo no me
voy a quejar cuando te veo a ti y a otras mujeres llenas por dentro de flores,
y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!”
El texto consiste
en una clara reflexión sobre la maternidad y los modelos en las que se someten
las mujeres para cumplir lo “propio de su sexo”. Esto se presenta a partir de
la resignación del acontecimiento trágico que emana de la cotidianidad,
renunciando a la concepción clásica de grandes héroes o protagonistas que se
someten a un sino de procedencia no especificada.
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