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El instante borgeano; preámbulo del ritmo convulso de Hispanoamérica (Ensayo) | Cuento de mi autoria

Mi intención original con este texto era realizar un cuento que logrará rescatar el concepto de “instante borgeano”[1] aplicándolo a un personaje de la periferia social de la Ciudad de México —probablemente un sonidero de Iztapalapa—, mas me vi imposibilitado por mi pobreza literaria y un acontecimiento de mayor valor discursivo que resulta digno de ser escrito en estos papeles viejos que encontré en la caja abandonada de mi padre: He presenciado la historia de todo el universo; desde sus inauguraciones hasta su postrero suspiro.

Reconozco que esta sentencia puede resultar absurda y lo más probables es que el interés que hasta aquí he construido se haya diluido en lo inadmisible de la afirmación. Sin embargo, lo vuelvo afirmar con todas las palabras por si usted tenía alguna clase de duda: He presenciado el tiempo como unidad; desde sus inicios hasta su fin.

¿Qué sentido tiene escribir en esta materia que se degradará y desaparecerá sin dejar rastro? ¿Qué sentido tiene mantener en esta transformación ilusoria una clase de caracteres comunicativos sin importancia real en el universo? Me defenderé de una forma personal —ya que no hay de otra manera de hacerlo— afirmando lo aparente: es un ancla, una piedra que se coloca en el sendero para no extraviar el camino de regreso... Es la única manera de seguir viviendo.

Todo empezó cuando, por inexplicables motivos de la casualidad y el destino, me encontraba en la estación Ermita esperando el vagón del metro. Fue un instante que cómodamente puedo describir con el movimiento del tren entrando de forma violenta y estruendosa a la estación: era consciente de su movimiento, de los limitados segundos que tenía para detenerse, era consciente de que el tiempo fluía como lo conocía normalmente, pero se dilató irremediablemente; el segundo se cubrió de eternidad y yo era un invitado. Era consciente del movimiento de las ruedas desgastadas, de los cables remachados, de la pintura anaranjada que se desplazaba horizontalmente desde mi posición; podía observarlo con claridad, no estaba aislado en el tiempo o congelado junto con él, estaba observando una nueva interpretación de esta. Puedo ejemplificarlo perfectamente con este fragmento del texto, ya que el tren sigue avanzando dentro de la diégesis que narro —conserva sus segundos— con la peculiaridad que el discurso avanza con otro movimiento más pausado y sereno: piense en lo contrario, en el tiempo que se adelanta infinitamente en estos escasos segundos.

El metro arribo como es acostumbrado, se cerraron las puertas detrás de mí y comprendí exactamente el innegable hecho. Las personas que me rodeaban me resultaban disímiles, los motivos por el cual estaba viviendo hasta el momento me parecían fugitivos, me aterro la idea de estar destinado a sentir este vértigo insufrible, como una caída inevitable: un desplome por debajo del vagón.[2] Seguí mi camino como era recurrente en esos días de prepa, me apresuré a llegar a mi casa y olvidarme de lo que había presenciado. Era lo más correcto, lo más adecuado y lo más lógico. Me encerré como es costumbre en el cuarto sin prender las luces, sin molestar a mi padre que probablemente ni estaba en su habitación. De forma contraria a lo que esperé concilie el sueño de forma inmediata.

Los días siguientes fueron un largo e irremediable suspiro. Por cuenta propia fingía una amnesia cómplice de mi culpa: bromeaba, jugaba y me mantenía alegre ante los pensamientos intrusivos que eran imposibles de asfixiar. No quiero aburrirlo con una lista interminable de los sin sabores que surgen por estar jugando con el paso del tiempo, únicamente quiero puntualizar un hecho que considero ejemplar para describir el estado tan desabrido de mi condición: Margarita.

                Era una adolescente afable y con un dulce acento de los andes. La conocí en la tarde en que la vocacional entro en paro por docentes que eran acusados de acoso sexual. Se encontraba escondida detrás de los botes de basura por el miedo de que los porros invasores del bacho 20 también la golpearan como a los otros alumnos paristas. Yo estaba a su lado, sin miedo y aburrido de que esto no acabará. Me enterneció su mirada de súplica ante los ruidos de cristales rotos y gritos, la tranquilicé con una propuesta de escape: fue todo un éxito, ninguna sorpresa. Corrimos entre los árboles del Paseo de La Luz agarrados del brazo, la inercia de sentirnos cómplices y compañeros de escape nos unía con la recurrente necesidad de requerir la presencia del otro como un ancla de seguridad. Tomamos aire una vez escondidos en las profundidades de las calles del vecindario aledaño. No soltaba mi brazo, incluso lo apretaba aún más, le retorcía un pensamiento que yo conocía de antemano: una confesión que me compartiría, tiempo después, debajo de las gradas del auditorio, mientras matábamos el tiempo.

«La deje a su suerte y por eso ya no hablamos», sentenció bajando la cabeza. Intente consolarla inútilmente para cambiar algo de lo previsto, mas no necesitaba ella eso, prefería sostenerse en mi brazo como lo hacía otras tantas veces cuando le inundaba la oscuridad del sótano y la lengua desataba sus más profundas confidencias. Tome el camino que dentro de un deseo lúbrico y egoísta me llevo a acariciar su rostro humedecido por lágrimas de traslúcido arrepentimiento. Ella correspondió la caricia como si la esperará desde hace mucho tiempo, tomó mi mano y pude sentir claramente el calor que recorría su cuerpo. Nos abrazamos como si entre lo dicho y lo que callamos existiera un vacío interminable en donde flotaba el nosotros. Ella y yo teníamos más de un año solar hablando, tentando el hecho de nuestro entrelazamiento cómplice, había llegado finalmente y mis pasos se volvieron aun más firmes. Salimos de la vocacional ese día con los dedos entrelazados, mientras ignorábamos la mirada de la chica con el brazo roto que quebraba a mi acompañante con reproches de pueril incomprensión.

 Ofrezco una disculpa si emplee tanto texto en describir el encuentro con Margarita, mas considero que es importante cada detalle para ilustrar de forma objetiva los efectos de una percepción distinta del tiempo. Proseguiré con el tono formal del ensayo para acatar las estrictas normas de composición de la academia.[3]

La relación que tuve con ella fue de un tono común y apasionado para adolescentes de esa edad: promesas de amor eterno, un sentimiento de exclusión autoinducido, ruptura de reglas como mecanismo de autoafirmación en el mundo, complacencia irreflexiva de los deseos del otro y, finalmente, exploración de nuestros cuerpos. Sin entrar a mayores detalles, ya que considero que puede resultar información algo innecesaria para un simple testimonio del instante borgiano, proseguiré con la exposición de los acontecimientos.

No pasaron más de tres meses del inicio de la relación cuando los juegos amorosos y las miradas de angustia nos llevaron irremediablemente a concebir la oportunidad de experimentar un encuentro de tono más personal.[4] A pesar de lo previsible del resultado, me esforcé en dejar que ese día la casualidad se moviera sin que yo la recordará.

Desperté a la hora común y me preparé sin mayores arreglos para el encuentro. Al salir de la habitación mi padre ya no estaba en casa, seguramente recorría con paso casando las filas interminables entre edificios que prometían salarios y estabilidad laboral, algo que escaseaba después de la gran recesión norteamericana. Preparé el desayuno con un nudo en la garganta sabiendo que llevaríamos así toda la vida: saltando los dos entre aquí y allá; entre las sobras de hombres condenados y sobre otros que han muerto por casualidad inmerecida. Sin embargo, aleje los recuerdos, hoy no debían salir, solo hoy. Llego a mi casa a la hora pactada, al principio actuábamos con el cauce natural de fingir demencia para después buscar una señal de acto, cuya pregunta sería: ¿Ahora? Ella fue la primera en proponer en silencio, yo respondí mirando con ternura. Nos encerramos en mi cuarto con los preparativos adecuados por si mi padre intempestivamente llegaba a la casa. El acontecimiento transitaba con normalidad, y los recuerdos no eran necesarios. Los instintos guiaban los acercamientos y retrocesos; reducían las oportunidades a una y el movimiento normal del tiempo me dejo con una sensación de incertidumbre. Puedo describirlo como si se tratará de una orquesta: los arreglos posteriores de cuerdas no eran claros, únicamente destacaba el pulso que se mantenía constante; un golpeteo de contiguo y sonoro tambor cardiaco mantenía las ansias por poseer la piel deseada; los vientos fluían a través de un entrecortado ritmo que se interrumpe por acción de los labios que se encuentran; los dedos manifiestan la dulce melodía que anticipa un tacto de la tecla nívea que transforma las vibraciones sonoras en piel de nácar; y reveló, finalmente, la partitura oculta detrás de la ropa y leyendo las notas marcadas entre lunares en posiciones caprichosas empieza el primer movimiento de la sinfonía.

Estábamos los dos enfrente del otro, conscientes del pudor transgredido, buscando otra señal de apertura para dar paso a la consumación del acto. Miré por última vez aquella piel para comunicar mi intención de penetrar en los secretos de nuestra subsistencia en la tierra. Posicioné sin remedio los ojos en donde pretendían estar los suyos, sonreí para generar confianza, pero irremediablemente recordé… Dejé de ver aquellos ojitos cobrizos que me deseaban para caer en un abismo imperceptible de oscuridad y degradación; tenía enfrente ahora una masa de matriz ósea que mantenía su permanente silencio; la calidez desaparecía en el cuerpo que estaba realmente amando; la certeza única revelaba su forma primigenia: la destrucción de todo orden.

Me aleje sin más remedio, mi vigorosidad había perdido fuerza y ahora no tenía la motivación para seguir. Ella río pensando que había estado muy nervioso y eso motivó la caída de los ánimos. Busque las palabras para expresarle esta desesperación que ocultaba; buscar en ella un paliativo a todos los recuerdos que no paraban de surgir. El llanto incapaz de expresar alguna palabra acabó por salir, no pude evitar sentirme patético independientemente que ya sabía que eso iba pasar.

Después de un tiempo ese acontecimiento se volvió un tema para reír mientras descansábamos después de un encuentro íntimo. Ella tendía a abrazarme una vez que recuperaba el aliento de reírse sin parar. Decidí no intentar volver a explicarle lo que pasaba, ella no tenía que cargar lo mismo que lo que yo estaba viviendo. Sin embargo, no puedo negar que en el preciso instante en que era abrazado por ella sentía como los recuerdos se posaban como un canarios a lo lejos: inofensivos y dulces cantores de acontecimientos. Nuestra relación no próspero y terminamos una vez que pasamos a la universidad. Fue una despedida sin dramas y lleno de promesas de reencuentro que sabía nunca podrían cumplirse.

Recupero este acontecimiento porque considero abarca todas mis intenciones con este texto: No es más que una advertencia para huir del idealismo borgiano que afirma que un ser con mi condición —perecedero— es operable en un mundo que funciona con seres mortales que organizan el tiempo de forma lineal e infinita, la misma noción que busca en sus textos es imposible realmente en nuestra condición como seres finitos que únicamente tienen acceso al inicio y al final; inclusive creer que el tiempo es una ilusión consiste en un espejismo formado al aceptar que existe algo más que eso. La pregunta es clara: ¿Qué hay más allá? La respuesta de Borges es elevar un ideal para ponerle un nuevo inicio y fin.  Ahora lo veo con claridad y considero que seguir redundando en lo mismo es una pérdida de tiempo. [5]



[1] El borrador del cuento no fue anexado en la presente edición, ya que se le considera de nula calidad literaria. (N. del E.)

[2] Según la fecha tentativa de escritura del texto, el sujeto era incapaz de saber respecto al accidente del 3 de mayo de 2021 donde fallecieron veintiséis personas por corrupción. (N. del E.)

[3] A pesar de la burla, el texto sería destruido ante un jurado especializado si le tomamos la palabra. (N. del E.)

[4] “Indecente”, se lee en el extremo derecho del margen. (N. del E.)

[5] H. Taylor murió quince años después de ser redactado este texto a causa de una complicación estomacal. (N. del E.) 

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