El instante borgeano; preámbulo del ritmo convulso de Hispanoamérica (Ensayo) | Cuento de mi autoria
Reconozco que esta sentencia puede resultar absurda y lo más probables es
que el interés que hasta aquí he construido se haya diluido en lo inadmisible
de la afirmación. Sin embargo, lo vuelvo afirmar con todas las palabras por si
usted tenía alguna clase de duda: He presenciado el tiempo como unidad; desde
sus inicios hasta su fin.
¿Qué sentido tiene escribir en esta materia que se degradará y
desaparecerá sin dejar rastro? ¿Qué sentido tiene mantener en esta transformación
ilusoria una clase de caracteres comunicativos sin importancia real en el
universo? Me defenderé de una forma personal —ya que no hay de otra manera de
hacerlo— afirmando lo aparente: es un ancla, una piedra que se coloca en el
sendero para no extraviar el camino de regreso... Es la única manera de seguir
viviendo.
Todo empezó cuando, por inexplicables motivos de la
casualidad y el destino, me encontraba en la estación Ermita esperando el vagón
del metro. Fue un instante que cómodamente puedo describir con el movimiento
del tren entrando de forma violenta y estruendosa a la estación: era consciente
de su movimiento, de los limitados segundos que tenía para detenerse, era
consciente de que el tiempo fluía como lo conocía normalmente, pero se dilató
irremediablemente; el segundo se cubrió de eternidad y yo era un invitado. Era
consciente del movimiento de las ruedas desgastadas, de los cables remachados,
de la pintura anaranjada que se desplazaba horizontalmente desde mi posición;
podía observarlo con claridad, no estaba aislado en el tiempo o congelado junto
con él, estaba observando una nueva interpretación de esta. Puedo
ejemplificarlo perfectamente con este fragmento del texto, ya que el tren sigue
avanzando dentro de la diégesis que narro —conserva sus segundos— con la
peculiaridad que el discurso avanza con otro movimiento más pausado y sereno:
piense en lo contrario, en el tiempo que se adelanta infinitamente en estos
escasos segundos.
El metro arribo como es acostumbrado, se cerraron las puertas detrás de mí y comprendí exactamente el innegable hecho. Las personas que me rodeaban me resultaban disímiles, los motivos por el cual estaba viviendo hasta el momento me parecían fugitivos, me aterro la idea de estar destinado a sentir este vértigo insufrible, como una caída inevitable: un desplome por debajo del vagón.[2] Seguí mi camino como era recurrente en esos días de prepa, me apresuré a llegar a mi casa y olvidarme de lo que había presenciado. Era lo más correcto, lo más adecuado y lo más lógico. Me encerré como es costumbre en el cuarto sin prender las luces, sin molestar a mi padre que probablemente ni estaba en su habitación. De forma contraria a lo que esperé concilie el sueño de forma inmediata.
Los días siguientes fueron un largo e irremediable suspiro. Por cuenta
propia fingía una amnesia cómplice de mi culpa: bromeaba, jugaba y me mantenía
alegre ante los pensamientos intrusivos que eran imposibles de asfixiar. No
quiero aburrirlo con una lista interminable de los sin sabores que surgen por
estar jugando con el paso del tiempo, únicamente quiero puntualizar un hecho
que considero ejemplar para describir el estado tan desabrido de mi condición:
Margarita.
Era una adolescente
afable y con un dulce acento de los andes. La conocí en la tarde en que la
vocacional entro en paro por docentes que eran acusados de acoso sexual. Se
encontraba escondida detrás de los botes de basura por el miedo de que los
porros invasores del bacho 20 también la golpearan como a los otros alumnos
paristas. Yo estaba a su lado, sin miedo y aburrido de que esto no acabará. Me
enterneció su mirada de súplica ante los ruidos de cristales rotos y gritos, la
tranquilicé con una propuesta de escape: fue todo un éxito, ninguna sorpresa. Corrimos
entre los árboles del Paseo de La Luz agarrados del brazo, la inercia de
sentirnos cómplices y compañeros de escape nos unía con la recurrente necesidad
de requerir la presencia del otro como un ancla de seguridad. Tomamos aire una
vez escondidos en las profundidades de las calles del vecindario aledaño. No
soltaba mi brazo, incluso lo apretaba aún más, le retorcía un pensamiento que
yo conocía de antemano: una confesión que me compartiría, tiempo después,
debajo de las gradas del auditorio, mientras matábamos el tiempo.
«La deje a su suerte y por eso ya no hablamos», sentenció
bajando la cabeza. Intente consolarla inútilmente para cambiar algo de lo
previsto, mas no necesitaba ella eso, prefería sostenerse en mi brazo como lo
hacía otras tantas veces cuando le inundaba la oscuridad del sótano y la lengua
desataba sus más profundas confidencias. Tome el camino que dentro de un deseo lúbrico
y egoísta me llevo a acariciar su rostro humedecido por lágrimas de traslúcido
arrepentimiento. Ella correspondió la caricia como si la esperará desde hace
mucho tiempo, tomó mi mano y pude sentir claramente el calor que recorría su
cuerpo. Nos abrazamos como si entre lo dicho y lo que callamos existiera un
vacío interminable en donde flotaba el nosotros. Ella y yo teníamos más
de un año solar hablando, tentando el hecho de nuestro entrelazamiento
cómplice, había llegado finalmente y mis pasos se volvieron aun más firmes. Salimos
de la vocacional ese día con los dedos entrelazados, mientras ignorábamos la
mirada de la chica con el brazo roto que quebraba a mi acompañante con
reproches de pueril incomprensión.
La relación que tuve con ella fue de un tono común y apasionado
para adolescentes de esa edad: promesas de amor eterno, un sentimiento de
exclusión autoinducido, ruptura de reglas como mecanismo de autoafirmación en
el mundo, complacencia irreflexiva de los deseos del otro y, finalmente,
exploración de nuestros cuerpos. Sin entrar a mayores detalles, ya que
considero que puede resultar información algo innecesaria para un simple
testimonio del instante borgiano, proseguiré con la exposición de los
acontecimientos.
No pasaron más de tres meses del inicio de la relación
cuando los juegos amorosos y las miradas de angustia nos llevaron
irremediablemente a concebir la oportunidad de experimentar un encuentro de
tono más personal.[4] A
pesar de lo previsible del resultado, me esforcé en dejar que ese día la
casualidad se moviera sin que yo la recordará.
Desperté a la hora común y me preparé sin mayores
arreglos para el encuentro. Al salir de la habitación mi padre ya no estaba en
casa, seguramente recorría con paso casando las filas interminables entre
edificios que prometían salarios y estabilidad laboral, algo que escaseaba
después de la gran recesión norteamericana. Preparé el desayuno con un nudo en
la garganta sabiendo que llevaríamos así toda la vida: saltando los dos entre
aquí y allá; entre las sobras de hombres condenados y sobre otros que han muerto
por casualidad inmerecida. Sin embargo, aleje los recuerdos, hoy no debían
salir, solo hoy. Llego a mi casa a la hora pactada, al principio actuábamos con
el cauce natural de fingir demencia para después buscar una señal de acto, cuya
pregunta sería: ¿Ahora? Ella fue la primera en proponer en silencio, yo
respondí mirando con ternura. Nos encerramos en mi cuarto con los preparativos adecuados
por si mi padre intempestivamente llegaba a la casa. El acontecimiento
transitaba con normalidad, y los recuerdos no eran necesarios. Los instintos
guiaban los acercamientos y retrocesos; reducían las oportunidades a una y el
movimiento normal del tiempo me dejo con una sensación de incertidumbre. Puedo
describirlo como si se tratará de una orquesta: los arreglos posteriores de
cuerdas no eran claros, únicamente destacaba el pulso que se mantenía
constante; un golpeteo de contiguo y sonoro tambor cardiaco mantenía las ansias
por poseer la piel deseada; los vientos fluían a través de un entrecortado
ritmo que se interrumpe por acción de los labios que se encuentran; los dedos
manifiestan la dulce melodía que anticipa un tacto de la tecla nívea que
transforma las vibraciones sonoras en piel de nácar; y reveló, finalmente, la
partitura oculta detrás de la ropa y leyendo las notas marcadas entre lunares
en posiciones caprichosas empieza el primer movimiento de la sinfonía.
Estábamos los dos enfrente del otro, conscientes del
pudor transgredido, buscando otra señal de apertura para dar paso a la
consumación del acto. Miré por última vez aquella piel para comunicar mi
intención de penetrar en los secretos de nuestra subsistencia en la tierra. Posicioné
sin remedio los ojos en donde pretendían estar los suyos, sonreí para generar
confianza, pero irremediablemente recordé… Dejé de ver aquellos ojitos cobrizos
que me deseaban para caer en un abismo imperceptible de oscuridad y degradación;
tenía enfrente ahora una masa de matriz ósea que mantenía su permanente
silencio; la calidez desaparecía en el cuerpo que estaba realmente amando; la
certeza única revelaba su forma primigenia: la destrucción de todo orden.
Me aleje sin más remedio, mi vigorosidad había perdido
fuerza y ahora no tenía la motivación para seguir. Ella río pensando que había
estado muy nervioso y eso motivó la caída de los ánimos. Busque las palabras para
expresarle esta desesperación que ocultaba; buscar en ella un paliativo a todos
los recuerdos que no paraban de surgir. El llanto incapaz de expresar alguna
palabra acabó por salir, no pude evitar sentirme patético independientemente
que ya sabía que eso iba pasar.
Después de un tiempo ese acontecimiento se volvió un
tema para reír mientras descansábamos después de un encuentro íntimo. Ella
tendía a abrazarme una vez que recuperaba el aliento de reírse sin parar.
Decidí no intentar volver a explicarle lo que pasaba, ella no tenía que cargar
lo mismo que lo que yo estaba viviendo. Sin embargo, no puedo negar que en el
preciso instante en que era abrazado por ella sentía como los recuerdos se
posaban como un canarios a lo lejos: inofensivos y dulces cantores de acontecimientos.
Nuestra relación no próspero y terminamos una vez que pasamos a la universidad.
Fue una despedida sin dramas y lleno de promesas de reencuentro que sabía nunca
podrían cumplirse.
Recupero este acontecimiento porque considero abarca
todas mis intenciones con este texto: No es más que una advertencia para huir
del idealismo borgiano que afirma que un ser con mi condición —perecedero— es operable en un mundo
que funciona con seres mortales que organizan el tiempo de forma lineal e
infinita, la misma noción que busca en sus textos es imposible realmente en
nuestra condición como seres finitos que únicamente tienen acceso al inicio y
al final; inclusive creer que el tiempo es una ilusión consiste en un espejismo
formado al aceptar que existe algo más que eso. La pregunta es clara: ¿Qué hay
más allá? La respuesta de Borges es elevar un ideal para ponerle un nuevo
inicio y fin. Ahora lo veo con claridad
y considero que seguir redundando en lo mismo es una pérdida de tiempo. [5]
[1] El
borrador del cuento no fue anexado en la presente edición, ya que se le
considera de nula calidad literaria. (N. del E.)
[2] Según la fecha tentativa de escritura del texto, el sujeto era incapaz de saber respecto al accidente del 3 de mayo de 2021 donde fallecieron veintiséis personas por corrupción. (N. del E.)
[3] A pesar
de la burla, el texto sería destruido ante un jurado especializado si le
tomamos la palabra. (N. del E.)
[4] “Indecente”,
se lee en el extremo derecho del margen. (N. del E.)
[5] H. Taylor murió quince años después de ser redactado este texto a causa de una complicación estomacal. (N. del E.)
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