Las penas del joven Werther (1774) de J. W. Goethe | Análisis e inicio del Tercer taller literario íntimo
Inicio nuevamente un período vacacional y algo oculto dentro de mi voluntad exige con irremediable procedimiento que escriba. Actividad creadora que se ve motivada por la mala costumbre de contar historias. Me encuentro nuevamente renovando un tercer período que tengo la dicha de repetir por más de un año. El tercer taller literario íntimo —¡cambié finalmente el nombre! — inicia con una reseña, Las desventuras del joven Werther (1774) del afamado escritor alemán J. W. Goethe. Tengo que admitir que mi acercamiento al texto fue por pura intención académica: no poseía un interés previo por la historia o lo personajes; sin embargo, me sentí obligado de leer la novela debido a su importancia para la producción literaria del siglo XIX y la comprensión de formas manifiestas que se manifiestan en él.
Al plantearme
la tarea de escribir algo valioso sobre el texto, me encuentro con el muro
impenetrable de una novela sumamente estudiada: forma, tema y recursos han sido
examinados hasta el hartazgo. Nos encontramos ante un texto desmembrado y
cocido por lo que la gente cuenta: una producción literaria clásica e
influyente en su más pura definición. Ante tales condiciones, surge dentro de
mí la necesidad de plasmar mi experiencia estética con otras herramientas
analíticas. Una máxima surge de esto: utilizaré el texto como una coordenada
ideológica que esta al servicio de la materialidad que la interpreto de una
forma en su tiempo y ahora se manifiesta con otra máscara. Renunciaré a la
“cacería” de evidencias de producción de clase burguesa dentro de la obra.[1]
Querido lector, me he confesado: quiero desarrollar un aparato crítico
literario materialista histórico. ¿Necesario? Por supuesto que no, existen
motivantes más urgentes en este período histórico[2]
que la literatura. Sin embargo, quiero luchar en este terreno momentáneamente.
Reestructurar el discurso con una materialidad que manifiesta su mimética forma
en los textos literarios. No tengo que advertir que esto no afectará
directamente en el valor de los textos, esas formas a lo largo del tiempo los
lectores. Yo no tendré la última palabra.
Basta de
presentaciones. Llegó el momento de que surja la nueva voz poética que
determinará estos textos. Me presento: soy Lispector. Un ridículo deseo manifiesto
en un hombre. La propuesta textual de una sola entidad de carne.
En estos
momentos observo mi experiencia estética a través del filo del recuerdo. Puedo
evocar en él bizarros pensamientos que acompañaron mi lectura: la locura de la
pasión sentimental; el inconciliable choque entre querer y deber; la Naturaleza
subordinada al sentir humano; o la representación artística a través de la
pauta natural. Todos conforman elementos cruciales para entender el inicio de
una escuela estética que existe como reacción ante un mundo que se vislumbraba
indiferente ante el “espíritu humano”: el Romanticismo.
Item:
descubrimiento de afectos que son incontrolables. Item: sufrimiento ante un mundo que resulta hostil. Item:
reacción estética ante la indiferencia del naciente capitalismo. Polémica
afirmación, ¿Cómo llego a esto? Ante la indudable influencia que posee dentro
de los sujetos la superestructura ideológica,[3]
podemos observar como el siglo XIX nace a través de la postura de presuponer
que la razón es la fuente única de progreso. ¿Progreso de qué? De la
especialización de los mecanismos de explotación, por supuesto. Los sujetos de
Dios se transforman en individuos de la Razón y la figura deificada de este
nuevo símbolo se posiciona como estandarte de las revoluciones burguesas para
justificar su ascenso en el poder. Si aquellos reyes caídos en desgracia eran
dueños de los mecanismos mitológicos religiosos, los burgueses lo serían de la
construcción del “Nuevo ser humano moderno”. Ante la maleza que esto genera, encontraron
una manifestación dentro del ser humano que resultaba sumamente problemática:
las pasiones. Se volvió prontamente en un enemigo a erradicar cuya forma
revelaba un obstáculo para la realización de empresas que consistían en la
supresión de la sensibilidad humana para la explotación de la materia
asalariada. No importaba que sufrieran, su miseria era el motor del progreso
y la riqueza. Esto se ocultaba con la concepción arbitraria de que la supresión
de la sensibilidad era para un bien mayor: la dictadura de la Razón en la vida
humana.
El
texto que motiva mi escritura no es consciente de lo anterior, mas presenta una
postura de reacción ante la aseveración insensible de la Razón: los
sentimientos también forman parte de la inteligencia humana. El protagonista,
el joven Werther, es un personaje que está consciente de que se le tildaría de
loco por querer vivir el sufrimiento que lo aqueja. Esto resulta en una
dignificación de su dolor ante el mundo que progresivamente va tildándose
hostil.[4]
Inclusive esto lo lleva al terreno mitológico en la carta del 14 de noviembre
donde a pesar de que exista la religión como bálsamo de las penas él busca
experimentar el dolor.[5]
Toda esta configuración de personaje nos permite posicionar a Werther en una
categoría problemática para la época de escritura. Se posiciona en una
perspectiva que inclusive la razón o la religión es imposible tratar: el
desborde sentimental sin consuelo alguno. Todo en el personaje resulta
transgresor en el ideario cultural de finales del siglo XIX donde su rabia
hacia las exigencias sociales lo posicionan como un personaje en constante
conflicto en un entorno[6].
En la carta del 24 de diciembre podemos observar una manifestación interesante
de esto: Werther se queja de una mujer noble que es sumamente pobre y se burla
de otras cabezas “plebeyas”. El carácter ilusorio de la idea de poder es criticado
a través del absurdo quijotesco: los sujetos con títulos ventajosos sólo son
quimeras que no reflejan la realidad material en las que se ven sometidos. Las
apariencias fungen como eje dentro de la construcción de la crítica social que
pretende la obra.
Esto último
incita irremediablemente que mi atención se centre en la construcción del
entorno por parte del texto. Sin entrar en mayores detalles, el carácter epistolar/texto-encontrado
de la novela provoca una doble tendencia: preferencia por el “yo” narrativo y
el distanciamiento de la edición ficticia. El entorno en el primer
estado de esta tendencia ya ha sido enunciado dentro de este análisis: Werther percibe
el mundo como un entorno hostil y punitivo. El segundo estado nos presenta la visión
de un editor que asume el carácter de mediador entre el protagonista y el
lector.[7]
El “yo” narrativo busca constantemente describir la Naturaleza a través de
mecanismos estéticos; el editor ficticio observa a Werther con pena y
franqueza. Contemplación a través del yo; examinación a través del otro.
Sensibilidad; razón. Este doble carácter permite al lector observar estos dos
puntos de vista a través de una óptica que roza ambas perspectivas y revela un carácter
conciliable a través de la muerte del protagonista: la tempestad de la última
carta del protagonista; la descripción gélida del editor ante el cuadro de los
hechos del autoatentado.
Me dejo varios puntos
interesantes en el tintero[8],
mas considero que a través de este somero despliegue analítico pude plasmar las
principales nociones que anteceden mis juicios que enunciare a continuación: Admito
el valor estético de la novela ante el cúmulo abyecto de producciones
literarias, mas es imposible ignorar que la dialéctica entre razón y sentir presentado
por el texto esta completamente desarticulado en la actualidad. Ambos elementos
se encuentran finalmente subordinados a condiciones materiales que los antecede
y muestran su relación de sumisión ante la ideología dominante en nuestros
tiempos. Por este motivo, no es extraño reconocer en el realismo literario una
clase de crítica a esta perspectiva que considera el suicidio como única salida
a la disyuntiva entre el deber y el querer. Es, al final de cuentas, una
perspectiva pasiva ante el mundo que únicamente lleva a la supremacía del yo por
encima de los otros.
Nota: Destacable
[1] Si
lo hiciera, simplemente desecharía el texto. La novela es una producción
burguesa indudablemente. Sin embargo, una pregunta nace a partir de esto: ¿Por
qué fue tan aclamada? ¿Qué encaja a la perfección en la construcción ideológica
de la época capitalista?
[2] E.U.A con una política exterior más agresiva como nunca y manipulado por el lobby sionista, el genocidio de Gaza, la conformación de bloques geopolíticos importantes en contra de la nación norte americana y un largo multum plus.
[3] No
olvidar que estamos ante una producción textual con intenciones estéticas que
están en relación más directa con esta sección de lo que conforma la producción
de ideas.
[4]
Carta 18 de agosto.
[5]
Actualmente su problemática nos resulta excesiva, mas corresponde
históricamente a una clase que claramente su única preocupación era conseguir cónyuge
y aparentar estatus.
[6]
Distinga, querido lector, que hago mucho énfasis en esto, ya que no quiero que
se pierda de vista que el personaje se permite sufrir porque pertenece a un
grupo social que la sociedad decimonónica acepta su parasitismo.
[7] Por
varias notas a pie de página demuestra una postura de marcar los pensamientos de
Werther como típicos de su moza edad
[8] La
construcción del objeto amoroso (Carlota como personaje).
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