Entre el
infinito silencio del espacio, alguna vez algo hizo ruido por casualidad. Todo
empezó a desencadenarse hasta el instante en el que hoy mi cuerpo decide preguntarse
esto: ¿Qué soy? Un significado. ¿Qué soy? Un anhelo, un engaño, una oportunidad
sujeta. ¿Qué soy? Una casualidad… Si fuéramos conscientes de las bifurcaciones,
del imposible de los acontecimientos, de las limitantes espaciotemporales de la
materia desencadenada y poseyéramos por un micro instante el filo de la mirada
de Dios, puedo afirmar sin duda alguna que nos volveríamos locos: locos de
alegría, locos de espanto, de contradicción, de imposible, de no haberlo
querido saber nunca, mas dichosos de sabernos remotamente vivos. Hoy, intentaré
recorrer el camino de mis casualidades, recurriendo al inconsciente que ahora
mismo toma la palabra.
Primera casualidad, un
extranjero codicioso que llega a los llanos de Nayarit por busca de la promesa
aurea, encontrado de paso a una mujer pobre que lo enamora. Nombre de estos dos
personajes: mis bisabuelos. Engaño y abandono son la punta del albedrío bis
avielus; consecuencias del asunto: hijos sin padre. Uno de estos huérfanos
es mi abuelo. Párvulo que fue obligado a defender la mina a punta de plomo y
sangre. El miedo objetivo hizo que dejara tal empresa y se refugiara por
coincidencia en un pueblo que eran tan solo siete casas enfiladas en un río. En
una de ellas estaba la segunda casualidad: mi abuela. Entre ambos fundan la
octava casa donde un día corrió una niña que ahora es mi madre. Aquella
criatura crece y siendo adolescente viaja a la capital del estado. Decide
pasarse las horas metida en libros de derecho que algunas veces fueron dejados
de lado para dar paso a la voz de un joven de Santiago que ahora es mi padre. Se
concreta mi existencia nuevamente por una tercera casualidad: De tanto hablar
decidieron que querían vivir juntos, naciendo yo de paso porque el primogénito se
moría de ganas a la corta edad de cinco años de tener un hermano.
Una vez escrito este torrente
del inconsciente verbalizado, me da vértigo pensar en otras bifurcaciones que
pudo haber tomado la historia. ¿Qué tal si no sucedía de esa manera como yo lo
narro? ¿Qué tal si mi bisabuelo jamás se hubiera ido? ¿Qué tal si mi abuelo
hubiera entrado a otra casa enfilada del río? ¿Qué tal si mi madre no hubiera
querido soñar con un título de abogada? ¿Qué tal si mi padre no hubiera tomado
nunca la palabra? Tal vez no estaría aquí y sería materia en espera de
conformarme por un cuerpo que tuviera forma. Ahora soy lo que soy: un ente
pensante consciente de sí mismo. El producto de muchas casualidades que se
resignifican. Eso es lo que, finalmente, soy yo.
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