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Entre visillos (1957) de Carmen Martín Gaite | Opinión y Reflexión

¿Me estoy perdiendo de algo?

Usualmente para mis reseñas y escritos críticos intento proponer un narrador cínico y calculador. Sin embargo, con este texto me veo nuevamente en una encrucijada contra mis propios pensamientos. Todo nace de una pregunta: ¿Me estaré perdiendo de algo?

Me encuentro ante una novela que es sumamente aclamada por la crítica periodística y académica. No es una mercancía más dentro de la industria editorial, sino un texto que se ha posicionado dentro del canon literario de la tradición hispánica. Un cúmulo de loas y coronas de olivo se presentan como guardianes de esta novela; sin embargo, no encontré ningún rasgo que consideré magnífico o ingenioso. La premisa es prometedora: representación de la vida monótona de un grupo de personajes femeninos que se ven forzadas a corresponder a un sistema que la sujeta a ser esclavas de sus esposos. La táctica narrativa irrelevante: alternancia narrativa entre narradores para realizar una clase de contraste entre sus perspectivas[1]. Estamos ante un texto que resalta por su contenido ideológico, pero mengua su relevancia dentro del campo literario. Esto último, querido lector o lectora, enquista dentro de mí un conflicto sumamente angustiante. ¿Estaré perdiéndome de algo? ¿Existe algún valor que estoy ignorando por alguna circunstancia? ¿Debo de considerar el contenido ideológico como una muestra de ingenio? ¿La existencia de una alternancia entre los narradores en realidad es algo trasgresor? Todas estas son preguntas que apolillan la confianza en mis habilidades críticas. Sin embargo, existe una verdad interpretativa que es importante volver a señalar: la primicia de un contenido ideológico, siendo desplazado el discurso literario.

Considero importante que mis siguientes esfuerzos estén depositados en la meditación de este fenómeno que resulta sumamente común dentro de las producciones literarias contemporáneas.[2] Puedo identificar un aumento de la necesidad de los autores por esta tendencia ante la creciente cultura de la inmediatez del capitalismo tardío. ¿A qué se debe esto? ¿Existe alguna relación intrínseca entre los productos editados y un meticuloso estudio de mercadotecnia? Como la intención de este texto no consiste en un trabajo académico, adelantaré las conclusiones de las siguientes preguntas: por supuesto que sí, ya que los consumidores actuales de literatura buscan productos accesibles y de lectura rápida. Lo anterior no significa que los lectores tengan la culpa necesariamente de esto: los complejos sistemas de mercadotecnia priorizan el contenido temático por encima de la manipulación del discurso literario. Lo que intentan vender las editoriales no es una obra literaria, sino los relatos que puedan resultar atractivos para el consumidor. Estos relatos sobrepasan la propia obra, también se enmarcan en el cúmulo de discursos que autorizan su carácter de obras vendibles. Aquí aparecen las afamadas etiquetas “bestseller”, “Recomendado por:” o “Merecedor del premio X” que legitima la mercancía.

Ante esto, los escritores que buscamos nuevamente retomar el discurso literario nos vemos condicionados a responder a las exigencias del mercado si se pretende vender novelas. El futuro de la literatura no se encuentra complaciendo una máquina de producción en serie, sino poniendo en foco a las producciones literarias disidentes que se oponen al mercado. No pecaré de inocente creyendo que estos textos pueden cambiar algo en el orden material. El cambio solo se producirá cuando las condiciones de producción cambien. Sin embargo, es imprescindible seguir oponiéndose a la mercaliteratura destruyendo estas obras de consumo desde todos los frentes a través de la crítica.



[1] Natalia (mujer inconforme), Pablo (existencialista errante) y el narrador heterodiegético.

[2] Considero importante señalar que inclusive en las composiciones actuales se suprime el contenido literario. Resulta que se presentan ante nosotros panfletos políticos con cubiertas que prometen ser novelas.

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